El país paranoico

Fernando Cueto

Un país donde quien se mantiene en primer lugar en las encuestas presidenciales es la hija de un asesino y ladrón, una mujer que permitió que secuestraran y torturan a su madre para ella sea primera dama.

Un país donde un expresidente, un sujeto que indultó a narcotraficantes a cambio de dinero, tiene el desparpajo de presentarse a la reelección diciendo que posee la fórmula mágica para acabar con el crimen.

Un país donde los partidos políticos son organizaciones ilícitas para delinquir, mafias que pelean entre ellas para -cada cinco años- intentar llegar al Poder y, si les cae en suerte, saquear el tesoro público lo máximo que puedan durante el periodo de gobierno.

Un país que hizo lo que ningún país civilizado hace, que se dio el lujo de eliminar a su Policía de Investigaciones y ahora vive arrinconado por la delincuencia, a merced de los sicarios y asaltantes, y que necesita de batidas multitudinarias -operaciones de rastrillaje- y “Estados de Emergencia” para combatir los delitos, porque sus actuales policías no saben investigar ni actuar dentro de un Estado de Derecho.

Un país que se alarma porque sus niños no entienden lo que leen, y no se da cuenta de que, años tras años, generaciones tras generaciones, encarga la educación de sus niños a profesores que nunca leen.

Un país cuyos trabajadores son estafados con la anuencia de las autoridades, por un sistema previsional que les prorratea su pensión de jubilación tomando como referencia un promedio de vida de 110 años, cuando -en realidad- toda la población sabe (los trabajadores más que nadie) que sería un verdadero milagro que alguien alcance a vivir 90 años.

Un país donde la salud es mortal, donde los trabajadores son obligados a aportar a una prestadora de servicio de salud que en realidad es un monopolio, el más monstruoso, ineficiente y abusivo monopolio que hay en el mundo, en cuyos hospitales no hay medicinas y la gente tiene que esperar semanas y semanas para pasar un cita o meses y meses para ser operada, o toda la vida para recibir una curación que nunca llega.

Un país rico en recursos naturales, que tiene petróleo, gas, oro y plata, y cuyas comunidades y pueblos -donde precisamente se descubren esos recursos- no tienen petróleo, gas, oro ni plata, y la población tiene que vivir en medio de un paisaje lunar, con socavones por todas partes, respirando un aire enrarecido y tomando agua envenenada.
Un país en el que ciudadanos irascibles –no delincuentes- son condenados a 6 o 7 años de cárcel por pegarle un lapo a un policía, y en el que policías que masacran a los ciudadanos son premiados, ascendidos de grados.

Un país donde los ciudadanos se autoproclaman patriotas y cantan el himno nacional a todo pulmón, inflamados de orgullo, pero no tienen ninguna vergüenza, no se les mueve un músculo de la cara cuando arrojan basura a las calles y vierten los desagües de sus casas y sus fábricas a los mares y ríos.

Un país en el que las brechas sociales empiezan con el nacimiento, cuando el hijo de un rico nace en una clínica obstétrica, y el del pobre en una paupérrima posta médica, y luego se abisma cuando el padre rico manda a su hijo a estudiar a las mejores escuelas, y el padre pobre condena al suyo a la educación pública.

Un país que, debido a sus múltiples traumas históricos, prefiere evadirse de la realidad, vivir una vida paralela, donde la gente se comporta dentro de una aparente racionalidad, dentro de una fingida legalidad, pero sin ninguna conciencia.

Un país tan parecido al nuestro… ¿lo reconocen?, un país donde, un día el pueblo, los jóvenes, se hartaron de todo, despertaron, se limpiaron los ojos, se sacudieron de la paranoia y -soberanamente plenos- prendieron su fósforo cautivo, y salieron a las calles a arranchar sus derechos, y lograron que se les reconozca a cabalidad sus derechos laborales y civiles, que se les otorgue una educación democrática y de calidad, que se les brinde un servicio de Salud dignos de seres humanos, que se respete la Naturaleza y el Medio Ambiente, que sus autoridades aprendan a convivir dentro de un Estado de Derecho, que desaparezcan los partidos políticos mafiosos y se elimine de la faz de la patria a los políticos delincuentes…

Y ese día ha llegado, es ahora. Despierten, jóvenes peruanos, y salgan de sus casas, tomen las calles, griten, peleen, construyan un país nuevo, de paz, de bienestar, de derechos, de felicidad, y libérense de una vez por todas de esa pesadilla, de ese país paranoico que le han dejado sus mayores, y -sobre todo- borren ese renglón tan aplastante y pesimista de su himno nacional que dice: “largo tiempo el peruano oprimido/ la ominosa cadena arrastró…”, y cámbienlo por otro, por uno que, animoso, proclame: “un día el peruano despertó,/ abrió bien los ojos,/ se sacudió de la paranoia,/ y la ominosa cadena rompió”.