Del pecho al seco sol de la vida

Augusto Rubio Acosta

Me tomé unos vinos al calor de los cohetones, ratablancas y avellanas de la noche. Por alguna razón incomprensible me fui a dormir temprano. La imagen nebulosa de la ciudad en la hora fronteriza del nuevo año aparecía en mi memoria al momento de conciliar el sueño, a la hora del balance mirando el foco ahorrador del techo, del recuento de lo que han sido los días y las horas perdidas.

“Somos profundos, volvamos a ser claros”. Del oscuro fondo de la existencia hasta la superficie de las cosas, Nietzsche nos enseñó la despiadada transparencia con que urge afrontar la vida. Por eso se hacía impostergable este regreso, arrojar (de nuevo) esta botella al mar que constituye -a su vez- el lanzamiento de un mensaje a lectores de ningún modo garantizados. Hay que estar demente para escribir sin la seguridad de que alguien nos lea.
Si bien es cierto, se supone existen ciertos lectores afines: amigos, followers y familiares maybe incondicionales (a veces no tanto), lo cierto es que el suscrito no puede dejar de contar y decir, de manifestarse, aunque no encuentre lector alguno y su búsqueda esté inevitable e intrínsecamente inscrita en mi naturaleza.

El nuevo año me acercó al malecón, al mar de la ciudad, a ese vasto territorio que ha sabido entregarme siempre la claridad que he necesitado, la calma que hace resaltar las cosas en su veracidad plena y que destierra la turbia escoria de los naufragios, los restos de ese magma oscuro que descansa en el lecho de la vida.

Paisaje esencial y fulmíneo, de plenitud, misterio y abandono, de soledad e intensidad incontenible, el mar de mi ciudad me devuelve siempre a las heridas de la infancia y de la historia, a la múltiple identidad de frontera que llevamos los portuarios encima. Vivir en el mar o haber nacido a escasos metros del océano (como es mi caso) no ofrece la seguridad de la tierra firme. Se ama el mar a pesar de sus peligros, de sus abismos y naufragios. Se ama el mar así como se encara la fragilidad de la existencia: no es posible retroceder, hay que avanzar, porfiar y llegar a la isla, subir al faro y pasar al otro lado. Y la única forma de no marearse -mientras se navega camino al objetivo- es buscar con la mirada un punto fijo, aquello que nos entusiasma (Nietzsche), lo que amamos verdaderamente y nos arrastra, nos transforma. Y no importa si por A o B naufragamos, igual saldremos convertidos en algo mejor, porque estaremos cerca de nosotros mismos.

Pero el mar no sólo es inestabilidad, es también resistencia; aguante ante una vida de vientos fuertes, olas y borrascas.

El nuevo año me sorprendió precisamente con “Las olas”, el estupendo libro de Virginia Woolf, entre las manos. Las botellas de vino se acabaron (olvidé escribir en los corchos), pero los fuegos artificiales continuaron iluminando la noche, la sed de los ebrios, el calor de la madrugada. “De lo posible a lo probable / del sueño a la realidad hay como mares / playas nocturnas donde animales de pico descarnan formas mojadas por los jugos del corazón / así / viajamos del pecho al seco sol que dora la maravilla del existir”.