El carnaval y sus abismos

Augusto Rubio Acosta

A las siete de la noche, muerto de sueño, adolorido de tantos baches en la carretera, de tanto caminar y salvar huaycos, llegamos a Tambobamba. El que sea febrero no es casualidad. En las quebradas de este alejado lugar de Apurímac, el carnaval cobra su esplendor musical.

En el pueblo, los ancianos nos explican que la fiesta primitiva tiene origen chanka: es una celebración bravía y guerrera, trágica y violenta como el cauce del río. El carnaval es a su vez misterioso y triste como sus aguas. En esta época del año el torrente crece, el Apurímac ruge, su caudal aumenta y se torna salvaje. Cuando llueve es imposible contener la ferocidad de la corriente, todo tiembla; el agua se vuelve turbia, todo se abisma.


Es tiempo de carnaval en esta orilla inalcanzable de los Andes, esta noche o madrugada es imposible dormir. Los lugareños salen a cantar y bailar el carnaval, una especie de homenaje u ofrenda al rugiente río, a la amenaza que su crecida representa, al cielo espeluznantemente lóbrego y agitado, a la ausencia de estrellas. El carnaval de Tambobamba no es como el de los otros pueblos vecinos, donde la canción es tierna o amorosa; aquí el canto es cruel, pero no por ello menos hermoso, profundamente humano. La traducción de su letra habla de un río de sangre que trae al amante tambobambino, con su tinya y su charango flotando sobre las aguas, con su quena.

En la canción, la mujer que lo amaba llora amarga y prolongadamente desde la orilla observando la llegada del cuerpo inerte, mientras la tormenta cae sobre el pueblo y un cóndor observa desde las nubes.

En el camino, cuando decidí venir, cuando planifiqué llegar a la provincia más inhóspita del Ande peruano, pensaba en cómo se vería el río desde las cumbres, cómo correría por el fondo de las quebradas más profundas que existen, cómo crecerían la paja brava y los árboles solitarios a la vera del camino. Cuando decidí venir a este lugar, no sabía cómo germinan los vientos gélidos que soplan fuerte hacia el abismo, desconocía en absoluto el sonido grave que brota de las quebradas, la voz del río; ignoraba que ambos ruidos habitan el corazón de los hombres y mujeres chankas que pueblan estas inhóspitas tierras. Aquí me enteré que la desesperación en este carnaval representa una tristeza que nace del espíritu, una fuerza insuperable de luchar y de perderse, la esencia del vivir humano agitada con ardiente violencia en nuestro mundo interior.

En la plaza, bailando y bebiendo, cantando en coro con la gente de las quebradas, mientras decenas de guitarras y tinyas acompañaban el rugir y la voz ronca del río, experimenté a mis anchas un sentimiento que sólo había experimentado antes -con la distancia enorme que la nostalgia genera- en el Morro de Arica, durante mi adolescencia: la más contundente peruanidad.