Nuevas batallas sobre la vía y la nostalgia

Augusto Rubio Acosta

Nunca he sabido por qué de la vida me ha interesado -siempre- más la nostalgia que el recuerdo. Recién ahora caigo en la cuenta de que éste último puede ser malo o bueno, algo terminado que nos alegra o nos hace llorar; he aprendido que la nostalgia -en cambio- está sumergida en lo más profundo de nuestro inconsciente, que desde ahí brota, surge y nos invade, nos apabulla y nos afecta, se convierte en el mar que llevamos dentro.

Aquí, ante esta locomotora Henschel, en este bosque semiabandonado y decadente que los chimbotanos llaman Vivero Forestal, recuerdo a mis abuelos y a mis padres. ¿Qué hace que evoque el viento de las tardes desbocadas entre los árboles que invaden el camino, la ruta y la vía férrea que nunca conocí?, ¿por qué extraño verme corriendo a la vera de los vagones en la antigua estación de la avenida Gálvez, a finales del siglo XIX?, ¿de dónde emana el interés de regresar al túnel de Suchimán que en la víspera –de pura cobardía- no atravesamos de extremo a extremo?
Estos días, he leído y aprendido mucho sobre el desaparecido ferrocarril que unía el puerto con Huallanca. No son pocas las dudas que se han absuelto y en mis oídos hasta se ha instalado el lejano y estremecedor sonido del pito que la máquina de Henry Meiggs producía cada vez que llegaba a una estación. A veces, el perturbador sonido se mezcla con el violín que por las mañanas alguien toca diariamente en el centro cultural; en ocasiones se suma al piano que la maestra alemana de la sinfónica infantil ejecuta ante sus alumnos: sonidos cálidos y dulces que a uno lo hacen meditar, evocar y hasta quebrarse.

Lo primero que supe del tren de Chimbote fue lo que me contaron mis abuelos, pasajeros anónimos en los años cuarenta, época en que migraron al puerto; conocí además –en su momento- la versión de mis padres, habitués de la antigua estación durante las décadas siguientes. Mis antecesores, testigos de los movimientos sociales, de la explosión económica y migratoria en la ciudad, de luchas y conflictos de los trabajadores, de mayúsculas tragedias nunca imaginadas, así como del devenir del espíritu de un pueblo que contra múltiples adversidades ha sabido vencer e imponerse parcialmente a su destino, lamentablemente vivieron por vivir: ninguno de ellos guarda documentos o fotografías, ni siquiera recuerdos o memoria bien hilvanada respecto a los años más intensos del puerto donde nací y que hoy constituye mi hogar, el lugar donde seguramente tendrán que sepultarme muy pronto.

Ir por la vida a la caza de nuestra identidad, vivir para descubrirla, quizá no nos conduzca a morir felices, pero estoy seguro que no partiremos como seres humanos profundamente desgraciados. En el ferrocarril llegó la migración que cambió para siempre el destino de Chimbote, el dinamismo comercial que generó le otorgó vida a la región, hasta el latifundismo de la Sierra se vio afectado y nacieron los gérmenes de la vida institucional comunal (escuelas, clubes, festividades religiosas).

Han pasado más de ciento cuarenta años desde que se echó a rodar el ferrocarril, hecho histórico que marca el verdadero nacimiento de mi ciudad. ¿Cuántos de los que alguna vez treparon a sus vagones pueden dar fe y testimonio de las verdaderas razones de su desaparición, ir más allá responsabilizar simplemente al terremoto?, ¿cuántos de los que vieron el tren llegando a la estación transportando minerales y miles de migrantes fueron conscientes de lo que implicaba?, ¿cuántos fueron capaces de mirar más allá de la miserable causa que saboreaban en Vinzos, en Suchimán, en las estaciones del camino?, ¿quiénes se percataron y denunciaron -en su momento- las atrocidades laborales en que sobrevivían los peones que tendieron los rieles, que picaron manualmente los túneles y después trabajaron como maquinistas, fogoneros y brequeros?

Ya sé que nadie tiene respuestas coherentes, que todos extrañan el trencito de Chimbote, así como los ajiacos de cuy, las humitas, tallarines y la chicha en botella del camino. Al suscrito, lo que le ha producido estos días de recorrido por la ruta del ferrocarril, junto a los integrantes de “Memoria en sepia” (proyecto audiovisual que rescata la memoria histórica del puerto), son nuevas batallas sobre la vía y la nostalgia, probablemente algo muy similar al sentir de los antiguos pobladores de la zona cada vez que el tren partía y se alejaba: melancolía, silencio, oscurecimiento de sus vidas hasta el día siguiente en que todo empezaba de nuevo y era preciso alegrarse, partir.