Culpa y placer de la lectura

Augusto Rubio Acosta

Por las mañanas, cuando despierto, no hace mucho que empezaron a cantar los gallos, falta poco para que finalicen las fiestas, para que vomiten los ebrios en los parques, para que los borrachos miccionen en las llantas de los tráileres, pero también para que surjan avechuchos crucificando el horizonte, atravesando el cielo sin sosiego, la quietud sinfónica que a esa hora domina por completo la urbe y el barrio, mi cuadra, la vida.

Por las mañanas, como a las seis, cuando el panadero avienta el pan francés por la ventana, un espectro, especie de remedo de ser humano, abre los ojos –sin voluntad alguna– y procede a levantarse de la cama presa de la angustia vertebral del alba, para echarse a caminar al tanteo en medio de la oscuridad y el silencio. A esa hora, mi cuerpo no obedece a mi cerebro; a esa hora, en mi cabeza aún persiste la otra vida, la del sueño y el delirio; es entonces, en esas circunstancias, cuando ingreso a la habitación de mis pequeños niños y me detengo a contemplarlos. Abrigado con su respiración acompasada, me resisto a hacerles ver que ha empezado el día, me apeno, pienso que bien podría hacerme un espacio en la almohada junto a ellos y hasta les digo un par de cosas al oído mientras duermen, volviéndome a negar a despertar al mayor de mis vástagos para que vaya al colegio. ¿Quién soy yo para disolver la calidez de su noche?, ¿por qué comportarme como el energúmeno propietario de las imágenes y sucesos que acontecen en su cabeza a esa hora?, no soy yo el dueño de sus viajes sin tiempo, de sus molinos de viento, el dictador de sus vuelos ilustrados.

Como un sonámbulo, lo primero que hace el pequeño Josemaría es saludar –a duras penas– a sus padres; semidormido, se encamina a la biblioteca, lugar donde le esperan cuentos de terror y de fantasmas, libros de tapa dura con los que se va forjando su carácter, su forma de concebir el mundo. Ocupados en el quehacer laboral, por estos tiempos su madre y yo difícilmente le contamos o leemos historias cuando se va a dormir, pocas veces cuando está despierto. El trabajo absorbente, signo inequívoco del trastornado mundo en que vivimos, ha destruido nuestros tiempos de lectura compartida, de los tesoros más valiosos que con él –desde muy pequeño– tuvimos. ¿De qué nos sirven ahora los recuerdos placenteros, si los espacios de mutuo aprendizaje que fueron claves en la formación de su hábito lector, son sólo eso: un recuerdo?, ¿qué tan positivo es que nos limitemos a sonreír a hurtadillas mientras lo observamos sumergido en sus madrugadoras lecturas?

La soledad, el aislamiento, el pequeño desamparo tan necesario para leer y “entrenarnos” durante la infancia y adolescencia, conduce inevitablemente al placer total, a la plenitud y al disfrute permanente, una vez que estamos listos para leer completamente integrados a las “ligas mayores” de la lectura. En familia, la experiencia libresca compartida contribuye a la creación de un vínculo muy especial entre padres e hijos, lo sabemos de sobra. Por eso es que nos sentimos tan culpables, por eso urge evitar que el hermoso acto de leer pierda su componente afectivo en casa. ¿Qué nos cuesta invertir diez miserables minutos al día?, ¿cuántas horas y minutos hablamos al teléfono?, ¿qué tiempo consumimos diariamente en la red social, algunos quizá ante la caja boba?

En la lectura la cuestión es ser y estar, así de simple; primero leer, después existir.