Una simple y miserable consecuencia

Augusto Rubio Acosta (*)

Fue en una Lettera 35, de formas rectas, tamaño compacto y teclas de color gris, que empecé a escribir ficción hace muchos años, no deseo recordar desde cuándo. Desde hacía tiempo había caído en la cuenta de que una vida no basta (es siempre insuficiente), que necesitaba dedicarme a la literatura, que en las páginas de los libros y en los folios en blanco a ser poblados de grafías (mis palabras), encontraría todas aquéllas vidas ajenas que deseaba experimentar, sentir.
La existencia que por ese tiempo llevaba -sin embargo- no era sencilla o en todo caso no facilitaba la concretización de mis sueños: debía terminar la escuela secundaria, prepararme para postular a la universidad, ingresar al sistema de educación superior y –en consecuencia- abandonar Chimbote como otros estudiantes de mi generación, que debíamos autoexiliarnos en el monstruo capitalino precisamente en los días en que estaba a punto de desatarse una nueva dictadura.
El mundo de liviandad y ligereza, de consumismo, esnobismo y banalidad que atentan contra la esencia del arte, especialmente de la literatura, empezó a galopar en mi renovado entorno aquéllos días en que se iniciaba la última década del siglo pasado y apenas terminaba de instalarme. Fue entonces que aparecieron insistentes preguntas destinadas a promover el cambio de rumbo que había decidido, interrogantes que surgieron –sobre todo- de mi entorno familiar y amical, “preocupaciones” que buscaban respuestas coherentes; en su momento, mi juventud e inexperiencia no me permitieron enhebrarlas a cabalidad: “Sólo sé que quiero leer y escribir mucho; quiero ser periodista además. Déjenme tranquilo, haré ambas cosas así no le agrade a nadie…”.
Ocurrió hace dos décadas y media, no he podido olvidarlo. A propósito, estos días han retornado –de pronto- emociones que consideraba extraviadas, perdidas. La semana pasada, Mario Vargas Llosa aceptó el doctorado Honoris Causa, de la Universidad de Salamanca, pronunciando un discurso de donde reproduzco algunas palabras que han activado -sobremanera- antiguas nostalgias: “Un pueblo contaminado de ficciones es más difícil de esclavizar que un pueblo aliterario o inculto. La literatura es enormemente útil porque es una fuente de insatisfacción permanente; crea ciudadanos descontentos, inconformes. Nos hace a veces más infelices, pero también nos hace mucho más libres”.
Las marcas secretas y profundas en la sensibilidad y la imaginación, que me ha otorgado la literatura, se las traspaso hoy a mis pequeños hijos. Desconozco si en algún momento decidirán o no embarcarse en la tormenta y la incertidumbre que significa hacer literatura en un país y una ciudad como la nuestra, pero en todo caso cumplo con entregarles las herramientas y transmitir la pasión que conlleva leer poemas, cuentos y novelas, historias con las que tarde o temprano ellos construirán su propia realidad: la que ellos elijan.
La lectura ha sido capaz de relacionar a este cimarrón con culturas, espacios temporales y cosmovisiones inaccesibles a través de otras tecnologías; leer ha sido siempre la llave o el inicio de un viaje inagotable en el que he hallado incontables preguntas y respuestas, demasiadas vidas. Hace un par de meses, cuando terminaba de escribir “Fraga”, mi primera novela, pensaba precisamente en todo ello, en lo que me ha dado la literatura (la vida), en lo que ha sido capaz de convertirme: somos lo que leemos, únicamente eso; lo que hagamos con nuestras vidas es una simple y miserable consecuencia.


* Escritor y periodista