Dónde y cuándo se inicia la noche

Por Augusto Rubio Acosta (*)

Hoy nadie me ha llamado, visitado o escrito. Una absoluta soledad ha dominado el día que a esta hora se extingue, uno en el que ni siquiera he salido de mi cama ni me he alimentado, en el que todo se ha reducido a una cavilación prolongada, a lecturas disparejas, a nostalgias.

La noche cae y domina. A través de la ventana posterior, veo el ir y venir de los autos en la avenida Anchoveta, negocios que encienden sus luces, observo hombres que caminan, siluetas, figuras y símbolos, mujeres que ríen estentóreas; en ellas se aloja la armonía y la coherencia de este instante, pienso; el orden aparente y el sentido, las cosas inútiles que tiene el razonamiento, la existencia.

Hoy no ha sonado el teléfono. Y en esta habitación estrecha, oscura, amenazada por el bullicio de las carrocerías en la Panamericana, cubierto de libros y folios que jamás serán leídos, me descubro de nuevo –avanzada la noche— ante el papel en blanco, fuerza y supervivencia, porvenir, también destrucción.

El día se apaga. Los ancianos de Casuarinas, dueños del parque y de la sombra de los árboles mientras el sol se encuentra en lo alto, han ido a sus casas a ponerse una chompa; a esta hora abandonan las bancas y se trasladan al pequeño restaurant de la esquina donde los esperan infusiones calientes y pastelillos, es el film de su infancia en technicolor a través del recuerdo colectivo, las anécdotas de los nietos, la vida.

Hoy nadie me ha visitado. Durante parte de la mañana intenté prolongar el sueño de la víspera, cerré los ojos en varios momentos de la tarde, me tapé los oídos después del mediodía, en vano quise abolir mis pensamientos y sumergirme en el sueño. Fue recién en la noche que el rumor de las palabras empezó a poblarme la cabeza. La resaca de las playas por las que anduve, los quejidos del viento, el ladrido de los perros en las azoteas de las casas en las ciudades donde viví, los seres humanos que conocí, las redacciones que pisé, el deseo de aprehender una realidad que hasta el momento se presenta vaga, caótica y desconocida, todo ello se mezcla y se torna una necesidad, una urgencia: escribir para conocer, para adquirir conocimiento.

Retomo a esta hora la novela que a inicios del año pasado empecé a redactar. Quién sabe si hoy sólo alcance a modificar brevemente algún diálogo imperceptible, a quitar una coma, insignificancias como esa. Hoy nadie me ha llamado, visitado o escrito. Aquí se inicia la noche.

* Escritor y periodista