Estas miserables palabras

Por Augusto Rubio Acosta (*)

En no pocas ocasiones me ha sorprendido y he pensado mucho en la fragilidad de la amistad, en cómo quienes han sido tan estrechamente cercanos —en algún momento de nuestra vida— se tornaron en desconocidos, en extraños que no conservan el menor ánimo de sobrepararse en la calle para estrecharnos una mano, para dialogar sobre cualquier idiotez o simplemente para sonreír, aunque sea en silencio.

Excompañeros de escuela, antiguos vecinos de Miramar, jóvenes con quienes compartí en las aulas universitarias y lectores voraces de bibliotecas, gente de teatro y escritores, amigos de las varias vidas que hemos tenido, colegas con quienes habitamos no pocas redacciones de periódicos en ciudades distintas: ¿adónde quedó nuestra nostalgia?, ¿en qué intersticio de la conciencia se alojaron nuestros múltiples y vívidos recuerdos?, ¿cuándo empezamos a despedirnos, a tornarnos tan intensamente inhumanos y ajenos, a separarnos para siempre?

Anoche, durante el compartir por el cumpleaños de Mayker Bocanegra, artista plástico y activista cultural de “La Resistencia”, me asaltaron muchas preguntas. En Santa, mientras se cantaba el happy birthday, mientras se apagaban las velas, y la alegría y las canciones se apoderaban de las gargantas de todos los que llegaron al encuentro del amigo y camarada de arte, me negaba a concluir que en la vida no hacemos más que cruzarnos con las personas; pero de pronto recordé que —felizmente— nuestra memoria es imperfecta, que sólo puede restituirnos aquello que no puede acabar con nosotros, destruirnos, y que eso es bueno cuando se trata de amistades verdaderas.

Conocí a Mayker en las colectivas de pintura que se organizaban a menudo en el puerto, apenas iniciado el nuevo siglo. Como artista, seguramente supo desde el principio que la única forma de sobrevivir y de desarrollar a plenitud su oficio, pasaba por mantener templada la cuerda del espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro. La existencia de un artista plástico en el país, en la ciudad, es un auténtico milagro. Y este cimarrón atesora con gratitud —en su memoria— las ilustraciones que Mayker realizó para los primeros números de “Mundo cachina”, publicación cultural que debutó hace ya una larga década. No es lo único destacable que ha aportado como artista o como ciudadano, por supuesto; una larga lista de exposiciones pictóricas en Trujillo, Cajamarca, Huarás, Lima, intervenciones callejeras y concursos, plantones y talleres, hasta los cerros hemos ido a pintar con Mayker y con los chicos y chicas de “La Resistencia”. Ese ha sido, pues, el paisaje privilegiado a través del cual nos hemos comunicado y enriquecido todos estos años.

Anoche, a la hora de las fotografías, pensaba en que no hay nada más duradero que el instante perfecto, sobre todo cuando se celebra la amistad, ese sentimiento solidario, rotundo e indescriptible —tan frágil muchas veces— para el que nunca alcanzan ni alcanzarán estas miserables palabras.

* Escritor y periodista